Sobre expectativas… (11:41 05/10/2016)

He estado un poco reticente a escribir (como es obvio, ya que no escribo nada desde hace casi un mes), principalmente porque no sabía que iba a salir, y no encontraba las fuerzas para hacerlo. Pero hoy se han dado las circunstancias necesarias. Me gustaría poder decir que este post va a tener una estructura coherente, pero no puedo garantizar nada, ya que si algo ha caracterizado mi estado mental estas últimas semanas, es la desestructuración. Allá voy…

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Decidí montar en bici hacia la nada porque necesitaba escapar. Escapar y olvidar. Las relaciones humanas son jodidas. No creo que haya nadie que pueda negar ese dato. Hay relaciones de las que se aprende mucho, y otras de las que no se aprende tanto. Pero aprender mucho no significa que lo que se aprende (o se saca como conclusión de una relación) sea una conclusión acertada. Yo he mirado mucho fuera de mí al analizar relaciones pasadas, porque es menos aterrador, y muchas veces concluía cosas sobre mí que no eran ciertas, o que solo servían para tapar problemas más profundos. En mi última relación de pareja hice un esfuerzo enorme por mirar hacia dentro y entender por qué las cosas iban mal. Y eso me dejó muy descolocado, pero a su vez me hizo ver aspectos de mi persona sobre los que necesitaba trabajar, aspectos de los cuales no me había dado cuenta antes, y que no solo han influido en mis relaciones de pareja, sino que van mucho más allá, desde lo que busco en las personas hasta como me concibo a mí mismo. Y esa fue realmente la diferencia. Supongo que esto ha marcado un antes y un después.

Sentado en mi cama a finales de mayo, espalda contra la pared, recuerdo pensar en la persona que esperaba ser a mi vuelta del viaje. Recuerdo pensar que podría curarme si me lo planteaba bien. Soy una persona muy sensible, y me importa mucho lo que piensen las personas de mí. Tanto que la mayoría de las veces mi humor, mi autoestima y la concepción que tengo de mi mismo depende casi enteramente de los ‘estímulos sociales’ de aceptación o rechazo que haya percibido de mi entorno. No tengo porqué leerlo dos veces para saber que eso no es lo ideal. El caso es que, cuando uno se guía en la vida por lo que cree que los demás piensan de él, uno empieza a olvidarse de sí mismo, y se convierte en una especie de espectro indefinido, como una triste gota de pintura que se disuelve en un charco de lluvia. Yo quería dejar de ser así, porque queriendo agradar a todo el mundo, lo único que estaba haciendo es hacer daño a personas que me importan, y a mí mismo.

Entonces un día pensé: “¿qué puedo hacer para obligarme a interaccionar socialmente con personas, y que me enseñe a que me importe poco lo que piensen de mí? Y lo que se me ocurrió fue un viaje en bici de tres meses. Hacerlo solo me daría la oportunidad de empezar de cero, ser yo y no tener que darle explicaciones a nadie. También me daría la oportunidad de dejar que todos los sentimientos de tristeza, enfado y frustración que llevo embotellados brotasen en forma de llanto, gritos, y hachazos a árboles (con los cuales me disculparía luego por el daño causado). Viajar de forma continua, pasando tan solo una noche en cada lugar, me daría la oportunidad de ser un gilipollas con alguien si me daba la gana (o tener una disparidad de opiniones, o enfadarme, o decirle que algo no me gusta), y luego no ver a esa persona jamás. Y por último, completar una locura de viaje me daría un subidón a mi autoestima, porque todo el mundo comentaría lo loco que estoy y me elogiarían por haberlo completado. Al menos, así es como interpretaba yo que ocurrirían las cosas. Y sí, también hice este viaje porque quería conectar con la naturaleza, y dedicarle tiempo a pensar en sostenibilidad y en mi futuro, y hacer ejercicio. Pero ahora mismo no quiero hablar de ello.

Ahora que han pasado varias semanas desde que volví, y me ha dado tiempo a relajarme y coger un poco de perspectiva, quiero intentar analizar lo que ha pasado en este viaje, y entender por qué coño he vuelto más inseguro y con más ansiedad social de la que tenía cuando me fui.

Mi viaje ha sido tremendamente solitario. Salí con Alejandro, y  montamos juntos durante 4 días. Fue la hostia. Luego hice lo mismo con la francesa durante 3 días. Y por último con mi hermano la última semana. Good times, the best. Pero el resto estaba solo. Había días que no interaccionaba con nadie más que con la cajera del súper. Y gracias a Dios que escribía post, porque si no me hubiese vuelto loco del todo. Igual hay personas que pueden (o saben) estar en paz interior cuando están en silencio. Yo no. Mi cabeza es un sin fin de ideas y pensamientos. Es como si tuviese un clon en mi interior que se dedica a narrar cosas continuamente, es exasperante hasta niveles apoteósicos. Os pongo un ejemplo: estoy caminando y se me cae un boli al suelo. Cuando me agacho estoy pensando en hacerlo de forma que ‘quede bien’, como si fuese un actor de las películas y me está mirando medio mundo. En mi cabeza hay una voz que está juzgando como me agacho, como si fuese la voz de alguna de las personas que está caminando a mi lado. Como si esa persona (muchas veces, en mi cabeza, una chica) no tuviese otra cosa mejor que hacer que dedicarle 30 segundos a mirarme fijamente y analizar mi postura y como me muevo. Joder, suena a que estoy como las putas cabras.

Por algún motivo, esas narraciones mentales se quedan en un plano secundario cuando estoy haciendo muchas cosas en mi día a día, hablando con gente de cosas que me gustan (pero de uno en uno, que si no la liamos), haciendo deporte o viendo una serie (por eso estoy tan enganchado). En mi viaje no había series, el deporte era monótono y no requería de mi atención activa, y había pocas personas con las que hablar. En consecuencia, empecé a escuchar a mi voz interna, que cada vez me hablaba en un tono más alto, más imperativo, más insistente. Es curioso porque en un principio me resultó muy útil escucharla; en cierto modo me hacía ver aquellas cosas sobre las que tenía que trabajar más a nivel personal. Pero a la larga, tras horas y horas de soledad, esos monólogos internos que se repetían en bucle como pensamientos obsesivos se convirtieron en diálogos, y me encontraba hablando solo dentro de mi cabeza, luchando activamente contra mi voz interna mediante la creación de otra voz nueva. Aquí un dato interesante para los curiosos: cuando escuchaba música, en vez de tener uno o dos pensamientos que se repetían de forma continua, mis pensamientos iban transicionando en función del tono emocional de las canciones, como si mis pensamientos tuviesen que ir en la misma frecuencia de onda de la canción que estaba escuchando en ese momento. Era más llevadero. Interesante, ¿verdad?

Si mi voz interna me dijese “tío eres la hostia” o “mira lo inteligente que eres que tienes una carrera en biotecnología, un master, coordinas una ONG y quieres montar tu propio centro de innovación” o “joder Pablo, que guapo eres y que bueno estas, tanto ejercicio da sus frutos” o “tu empatía con el mundo y tus ganas de luchar por un mundo mejor te hacen una persona súper valiosa y especial”, pues este post tendría otro título (tal que: Sobre la arrogancia profunda…). Pero mi voz interna no es tan maja. Es bastante cabrona, crítica y recalcitrante. Haberla escuchado tanto no ha sido bueno para mi. Ha ganado terreno, y por eso creo que me siento peor.

Pero no todo es malo. Como ya dije en el post sobre la ‘experiencioterapia’, las reflexiones que hice mientras viajaba me ayudaron a pensar en la forma de combatir mis demonios. Por eso, este viernes 7 de octubre empiezo una de las cosas que más me aterra en esta vida, clases de teatro. Si, dije que haría clases de baile, pero el teatro creo que es un reto todavía mayor para mí (y no tengo dinero para hacer ambas). Dos horas a la semana. Porque en esta vida hay que salirse de nuestra zona de confort. Todo menos rendirse. 🙂

 

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