Yendo se escribe con Y, y además va todo junto.
Yendo se escribe con Y, y además va todo junto.
Yendo se escribe con Y, y además va todo junto.
Bueno bueno. Este, como el de la caca, es un tema con el que tengo una relación muy íntima. La comida. ¿A quién no le gusta? Muy de la olla tienes que estar. Ya, lo que comas, y cuanto, es otro tema. Pero gustarnos, nos suele gustar a todos.

Podría empezar a hablaros de agricultura, de monocultivos, de los transgénicos y de pollos en almíbar, pero quiero empezar de forma distinta. Quiero contaros una historia personal. Porque crea un vinculo entre vosotros, lo que escribo, y mi mundo interior. Porque los temas de los que aprendemos son mas que números; son emociones y experiencias, y la mía con la comida es una de lo más especial. A ver, que voy…
Yo empecé mamando teta, como todos. Desde que comencé a comer sólido, tuve una relación bastante monógama con la comida; básicamente huevos fritos con patatas, y yo. Era difícil hacerme comer, muy difícil (¿verdad mamá?). Pero cuando uno entra en la adolescencia, se empieza a tener más hambre. Si no, a ver de qué se nutren todos los pelos que te salen en las piernas. Yo recuerdo una auténtica pasión por el queso y los pistachos. Cogía una magdalena de esas redondas con forma de sombrero de Papá Noel, la cortaba en dos, metía una loncha de queso doblada en cuatro entre las dos mitades, y a la sandwichera. Madre del amor hermoso! Sonará todo lo asqueroso que quieras, pero cosas tan ricas hay pocas. Igy lo sabe.
La adolescencia es un momento en el que, a demás de tener mucha hambre, uno se vuelve muy susceptible a las cosas (y más si eres un sensibón como yo). Y bueno, digamos que en mí entró la noción escalofriante de que me podría poner gordo de tanto comer (y de que eso sería algo malo, muy malo). Ante esto, y teniendo en cuenta que era un chaval con poco criterio por aquel entonces, comencé a dejar de comer ciertas cosas. Fue muy gradual. Empecé por el queso. Luego los lácteos en general; el aceite y cualquier frito (patatas fritas, croquetas, nuggets de pollo, etc.); los chocolates, las tartas, las napolitanas de crema, etc etc. Vamos, todo lo rico. En general, mi criterio se basaba en la enorme absurdez de que “la grasa engorda”. Para saber qué tiene grasa y qué no, hay una cosa muy útil en el paquete de cada producto que es la tabla de valores nutricionales. Y ¿sabéis que hacía? Pues me los sabía todos de memoria. No es coña; había días en los cuales me iba al Carrefour y me tiraba horas estudiándome los valores nutricionales de cada artículo de las estanterías (no tenía demasiados amigos por aquel entonces). Recuerdo ser capaz de decir de memoria qué marcas de un mismo producto llevaban más grasas y más calorías que otras. Era como un don, pero a la vez una enorme obsesión enfermiza.
Mis conocimientos luego se traducían en un meticuloso control de lo que comía. Por las mañanas, por ejemplo, pesaba los cereales para que lo que comiese no superase las 300 calorías. Y luego hacía el ejercicio que yo consideraba necesario para quemarlo todo. Si no lo hacía, me producía ansiedad. Llegó la obsesión a tanto que recuerdo salir un día a cenar a un Ribs y, ante el miedo de que alguien se fijase en que no pedía nada, o lo más ridículo del menú, me pedí todo un costillar. Esa noche me acosté a las 2 de la madrugada porque no concebía dormirme hasta haber hecho 10.000 repeticiones en una maquina de esas en las que parece que subes escaleras. En la oscuridad. Sudando. A las 2 de la madrugada. Pura crema.
Me gustaba sentirme flaco. Es mas, cada vez que alguien hacía un comentario sobre lo flaco que estaba (con buena intención, ya que lo que querían era que comiese más), yo sonreía por dentro y me apuntaba un tanto. Se que hay muchas personas que habéis o seguís pasando por algo parecido. Es algo que puede escalar peligrosamente. Pero no tiene porqué. En mí no lo hizo (del todo).
Un día como otro cualquiera, decidí dos cosas: (1) que no podía perderme semejantes placeres como las croquetas, y (2) que tenía que aprender realmente en qué consistía la nutrición. Y así como fui quitando alimentos de mi dieta de forma progresiva durante mi adolescencia, los fui añadiendo. Esta vez, con criterio. De este estudio progresivo sobre qué es la comida y en qué consiste una alimentación sana viene mi interés intenso por este tema. A día de hoy como caaaasi de todo, y me encanta cocinar (3 horas al día como mínimo). Un día os hago un pesto vegano, y lo flipáis. Sigo sintiendo algo de ansiedad cada vez que me como algo excesivamente rico, y la necesidad de quemarlo antes de acostarme, pero he llegado a un estado más equilibrado, y en vez de mirar los valores nutricionales, me informo sobre los ingredientes, dónde se produce, y cómo. Y bueno, con esta pasión, os voy a hablar sobre comida. Y sostenibilidad 😉
El tema de la comida+sostenibilidad es muy complejo. Es como si digo: “Venga, os voy a hablar del universo!” Pues no se puede. Si lo intento, te da una cefalea raquítica y me vomitas encima. De modo que es posible que haga más de una entrada sobre el tema. O no. Yo me voy a poner a escribir, y según como verborree, y lo que verborree, pues veo. Pero voy a hacerlo como una historia, porque las historias molan, y porque a mi me gusta irme imaginando cosas mientras escribo.
Erase una vez el ser humano. Antes de los aviones, las gameboys, las playboys y los bboys, éramos nómadas, como yo a día de hoy. Eso quiere decir que nos movíamos de aquí para allí, recolectando frutos y cazando lo que fuese que se cazaba por aquel entonces (que no eran dinosaurios, por si alguien está muy despistado temporalmente). Sin embargo, hace aproximadamente 10.000 años, dejamos ese estilo de vida tan cansino y comenzamos a cultivar y a desarrollar técnicas de ganadería. Este paso lo pudimos dar gracias a que nuestra inteligencia nos permitió ejercer un cierto control sobre la vida, domesticándola en cierto modo. Y ¿porqué, de entre todas las especies, hemos sido nosotros los que hemos desarrollado un mayor intelecto? Pues la respuesta es muy compleja, pero parte del motivo viene dado por la dieta.
Aunque unos piensen más que otros, todos pensamos, y lo hacemos de forma notable en comparación con el resto de especies animales porque nuestro organismo ha podido centrarse en desarrollar nuestro cerebro (nuestra inteligencia) como mecanismo de defensa por encima de otros mecanismos, como correr muy rápido (guepardo), saltar muy alto (las pulgas) o ser muy mono (el panda). Pensadlo bien; nuestro organismo requiere una lista muy larga de nutrientes. Algunos de ellos los necesitamos ingerir a través de la dieta; estos son los llamados nutrientes esenciales. Otros, los podemos sintetizar nosotros mismos por mecanismos metabólicos mágicos y rocambolescos. Esos mecanismos requieren un consumo de energía por parte del cuerpo, porque todo proceso requiere energía, lo que implica que si somos capaces de reducir el número de nutrientes que nuestro cuerpo debe sintetizar por si mismo, tendremos más energía libre para otras cosas. Esta reducción se consiguió en algún punto de nuestra evolución mediante la inclusión de una mayor variedad de fuentes nutricionales (es decir, de poder comer de todo, de ser omnívoros). Y no solo eso, sino que a medida que íbamos garantizando la disponibilidad de alimento, nuestro organismo podía centrarse más y más en desarrollar nuestro intelecto.
¿Os imagináis qué fue aquello que nos permitió dar el gran salto en cuanto a garantía de alimento? No sabe no contesta. Ya lo he dicho: la transición de nómadas a agricultores. Esta transición es la clave mas pura clave. ¿Os habéis dado cuenta de que somos los únicos animales que privamos de libertades a otros organismos para garantizar nuestra supervivencia? Miento! Las arañas con sus telas atrapan “bichos”, y a veces más de los que se comen. Pero incluso estos bichos tienen plena libertad antes de ser atrapados. Lo que hacemos nosotros es como si el león tuviese un cerco con gacelas atadas, y cada vez que quiere una se mete y se la come. El caso es que fue con esa transición de nómadas a agricultores cuando pudimos relajarnos de tanto viaje y tanta supervivencia, y empezamos a tener más oportunidades de desarrollar el pensar.
Con la ‘invención’ de la agricultura vino un proceso añadido que hasta entonces no se había dado: la selección artificial (frente a la natural). La selección natural consiste en que, por diversos mecanismos evolutivos, unos organismos ‘se seleccionan’ o sobreviven frente a otros que no lo hacen. ¿Os suena lo de ‘la supervivencia del mas fuerte’? Pues algo parecido. Al que le interese la biología evolutiva, que se lea “The Microcosm Within” de William B. Miller, 2013, que ofrece una alternativa muy interesante al Neo-Darwinismo. La selección artificial, por otro lado, es la que hacemos nosotros. Imagina que plantas fresas, y que hay unas cuantas que te salen bien gordas y ricas. Entonces vas y seleccionas las semillas de esa planta en concreto para que tus proximas fresas tengan más posibilidades de salir igual. Y este proceso lo repites una y otra vez. Pues esto mismo es lo que empezaron a hacer los agricultores de hace 10.000 años. Podríamos llamarlo: “Biotecnología: el origen”. A día de hoy seguimos haciendo selección artificial, pero como somos muy impacientes y controladores, echamos mano de la ingeniería genética, que nos permite conseguir las modificaciones que queremos en la planta, pero sin tener que esperar tanto para obtener resultados. Ya hablaremos más de este tema, que es muy complejo y no se puede generalizar.
Dabuten. Pues visto esto, me voy a saltar aproximadamente 9.800 años, y seguro que sabéis porqué. Por la Revolución Industrial. Durante todos esos años tan solo éramos una especie más. Y esto es muy importante entenderlo. Los humanos, como especie en el planeta, tenemos un lugar en la biosfera (el conjunto de vida que habita el planeta), e idealmente, nuestro lugar puede contribuir a que los ecosistemas de los que formamos parte florezcan. Repito: llevando una dieta omnívora, podemos contribuir activamente al florecimiento de los ecosistemas terrestres. El motivo por el que, siendo omnívoros, no lo hacemos, es más complejo. Lo voy a intentar explicar. Para ello, hay que entender: (1) las condiciones bajo las cuales el ser humano estaría contribuyendo a ese florecimiento, y (2) la situación real a día de hoy.
Si tu vas y desintegras a todas las abejas del planeta (con insecticidas como el DDT por ejemplo), se produce un colapso de los ecosistemas catastrófico, porque las abejas no solo comen y dan de comer a otras especies, sino que hacen posible la reproducción de incontables especies vegetales, las cuales a su vez también comen y dan de comer. Tienen su hueco, y no os hacéis idea de las ramificaciones que tiene el alterar o eliminar el hueco de una sola especie. Sobre todo si ocurre muy rápido. A la ciencia que estudia las relaciones entre especies y sus huecos en el planeta se le llama ‘ecología’. Nosotros, como omnívoros, también cumplimos una función en la cadena trófica (i.e. alimentaria), por la cual tenemos, por decirlo en términos sencillos, derecho a una parte de la tarta. Es decir, tenemos un cupo de plantas y animales que podemos comer, siempre y cuando lo que saquemos del ecosistema lo volvamos a meter luego (para que así pueda nutrir a otros).
Pues bien, hasta justo antes de la RI, la agricultura se hacía a pequeña escala, y como ya mencioné en “Defeking in Nature”, la actividad humana siempre formaba parte de un ciclo. Pese a que ya en aquel momento tuviésemos a animales y plantas ‘a nuestro servicio’, siempre le devolvíamos a la tierra lo que nos daba prestado (nuestras cacas servían de abono), y al ser ‘pocos’, nuestro impacto no era excesivo. Aparte, y esto es muy importante, no transportábamos la comida (salvo excepciones) por medio mundo, y sólo crecíamos en cada lugar lo que cada lugar podía ofrecer de forma natural. La gente comía distinto en función de lo que daba su tierra (su ecosistema) y punto. Economía local. Pura life.
Con la RI vino (1) la disociación absoluta del reino animal y vegetal, (2) la agricultura y ganadería intensiva, (3) el auge de un sector de la economía que de repente podía generar mucho dinero, (4) el transporte de todo y (5) el uso de sustancias muy tóxicas para ayudarnos a mantener la ilusión de que podíamos controlar la naturaleza a lo bestia y sin cabeza. Vamos por partes.
(1) La disociación de reinos, como en Game of Thrones. Las cosas funcionan bien en la naturaleza porque existen y se mantienen ciertas relaciones entre lo vivo (biótico) y lo vivo, y lo vivo y lo no vivo (abiótico). Qué lio jaja. A ver, si tu dejas que la vida se desarrolle de forma natural, un arbusto que crece en medio de la nada es capaz de dar paso a un pequeño bosque, en el cual va a haber mayor biodiversidad que cuando el arbusto estaba solo. Es decir, no solo va a haber muchos más arbustos que antes, sino que van a haber otro tipo de arbustos, árboles de diversas especies, hongos, insectos y pequeños mamíferos. Esto ocurre simplemente porque la vida genera más vida, pero sólo si se permite que diversas especies se relacionen entre si, se complementen y se ‘ayuden’ unas a otras a crecer. Cuando disociamos de forma artificial un ecosistema (e.g. monocultivos de maíz por un lado y vacas por otro), rompemos esas relaciones, y la vida sólo se mantiene si nosotros, los que la tratamos de controlar, le damos ciertas cosas: agua, fertilizantes y protección al maíz, y agua, protección y pienso a las vacas. Todo esto es energía extra que nosotros tenemos que meter en el sistema para que algo, que ya de por sí funciona solo, funcione, pero cuando, donde y como nosotros queremos. Pero pese a este aporte extra de energía, el campo de maíz nunca va a dar un bosque, sino que cada vez va a degradarse más hasta no dar ni maíz, convirtiéndose en un desierto de arena. La siguiente foto ilustra bien lo que digo…
Todo el paisaje por el que me he movido hoy era similar; campos y mas campos de monocultivos segados (por eso no hay nada), manchados de pequeños oasis que muestran un ápice del bosque que antes lo cubría todo. Una pena.
Esta otra muestra como la agricultura intensiva desertiza la tierra.
Las vacas de la granja tampoco van a dar lugar a un bosque, sino que solo forman parte de un lugar donde hay muchas vacas y al cual llega mucha comida y mucha (pero mucha mucha) agua, y de la cual salen muchos desechos. En un bosque, la naturaleza se encarga de la gestión de estos desechos (porque son comida para otros). En una granja, lo hace el hombre, y malamente.
(2) La agricultura y ganadería intensiva son simplemente producto de nuevos métodos impulsados por maquinaria pesada, y nuestro ansia viva por producir mucho y muy rápido, y venderlo a toda hostia. Siempre sigue la regla de “cuanto más, mejor”. Como ya hablé de los efectos negativos de este tipo de prácticas en Defeking in Nature (Ahijado, 2016), no me voy a detener más en ello por ahora.
(3) Auge económico. Aquí lo que me viene a la cabeza primero es motivación extrínseca. ¿Os acordáis? Cuando uno hace algo puramente por una motivación extrínseca, es capaz de hacer las cosas mal con tal de conseguir su objetivo, que en este caso es mucho dinero. El matiz destructivo de nuestro sector de la alimentación se lo dan personas que no sienten pasión por la comida, sino pasión por el dinero que esta genera. Iros a pequeñas granjas en las cuales los granjeros son unos enamorados de la tierra, y veréis como todo lo hacen diferente (para bien).
(4) El transporte de todo. De esto ya he hablado. En resumidas cuentas, el transporte de alimento por todo el planeta lo que hace es alterar y abrir los ciclos naturales, quitándole a una tierra algo y dándoselo a otra en forma de residuo (de modo que ni si quiera se puede aprovechar). Hay que acabar con esto rápido.
(5) El uso de sustancias muy tóxicas. Buff, esto si que es largo. En corto, estoy hablando de pesticidas, insecticidas y fertilizantes sintéticos. Si queréis leeros un libro escalofriantemente bueno sobre los efectos de estos compuestos químicos, os recomiendo un clásico, “Silent Spring” de Rachel Carson, 1962. En resumidas cuentas, todos estos compuestos son herramientas creadas por nosotros para mantener unos valores de productividad agrónoma elevados. El problema es que los efectos negativos que estos tienen para el medio y nuestra salud son descomunales, pese a lo cual se siguen usando en ciertos lugares del mundo (predominantemente en países pobres, como siempre).
Bueno, creo que con esta base teórica que os he metido estais preparados para seguir mis razonamientos sobre veganismos y vegetarianismos…
Yo no como carne, ni pescao. Y por lo general, ningún lácteo ni derivado animal. Pero soy un amante de todo ello. Vamos, que me muero por un filetaco gigante con patatas fritas, y si hace un año me dices que mi yo futuro ya no come pollo teriyaki, me río en tu cara. Pero lo cierto es que, a día de hoy, no lo hago. Y mis motivos tienen mucho pensar detrás.
Los términos vegetariano y vegano son muy absolutistas, y no me gustan, porque denotan ese tipo de pensamiento binario que me tiene tan en desacuerdo. Me explico; si eres vegetariano, no comes carne ni pescado, pero le das bien al queso, la miel, la leche, etc. No importa qué pescao, ni qué carne, porque en el concepto de vegetariano eso no se tiene en cuenta. Tampoco importa de donde proceda, ni cómo se haya producido. Encima, si un día tomas un cacho de filete, ya la has liao y eres un falso. Si eres vegano, no comes ni consumes nada que proceda de animales. Y aquí lo mismo; el criterio es absolutista, dan igual las condiciones. Pues mi argumento medioambiental se basa en que ese criterio es una gran y enorme chusta insustancial. Es como seguir una moda. Pues no! Las cosas hay que cuestionarlas en profundidad! Y volvemos a lo mismo: ponerle etiquetas a todo hace que generalicemos, que olvidemos los detalles y que dejemos de hacer esfuerzos por comprender qué otras opciones hay más allá de las etiquetadas. Quiero que veamos los distintos argumentos para tener una dieta u otra, pero lo vamos a hacer desde el prisma holistico desde el cual lo hago yo, ecologista/medioambiental/nutricional:
A) El sufrimiento animal. El sufrimiento, en general, es una mierda. Pero innegablemente forma parte de la vida. Yo no dejo de comer carne o pescado puramente por el sufrimiento animal, pero dejadme que matice antes de sacarme los ojos. Hay sufrimiento a todos los niveles de la cadena trófica, y nosotros como depredadores no somos una excepción. Ahora, con el sufrimiento animal tal y como se produce en nuestro sistema si que NO estoy de acuerdo. El levantar a una vaca en una centrífuga, cortarle el cuello y darle vueltas 30 segundos hasta que se quede tiesa, me parece una barbaridad. Cuando un león mata a una gacela, hay por lo menos una cierta intimidad en el acto, y una oportunidad de que la gacela escape, o que el grupo la defienda. Lo que hacemos nosotros no tiene nombre, es un desprecio absoluto de la vida. Ved “Food Inc.”, y hablamos. Pero aviso, no es para niños. Ahora, pese a que diga que el sufrimiento me parece parte natural de la vida, creo que como seres pensantes y empáticos, tenemos la increíble capacidad de eliminar ese sufrimiento, o de minimizarlo drásticamente, y deberíamos.
B) Salud. Como he mencionado antes, somos omnívoros por necesidad biológica. Esto es muy sencillo: nosotros necesitamos ciertos nutrientes que SOLO podemos obtener a través de la ingesta de animales o derivados. Un ejemplo claro son las vitaminas B6 y B12. Un vegano estricto sin aporte de estas vitaminas se acaba quedando sin pelo y sin dientes, entre otras cosas. Eso no es plan. En lo que respecta al medioambiente, tenemos un lugar concreto en la biosfera, y ese lugar esta caracterizado por el consumo tanto de plantas como animales. Si dejamos de hacerlo, el delicado equilibrio se pierde. Y eso, para el medio, no es bueno. Como veis, hasta aquí mi posición es a favor del consumo de carne y pescado. Esto no es como en el fútbol.
C) Consumo de recursos. Este es mi principal criterio para elegir qué como. ¿Os acordáis de cuando os decía que hay que estudiar la historia detrás de las cosas para entender mejor el mundo? Pues en esto me baso yo aquí. La ganadería intensiva, que es como se produce la mayor parte de la carne que comemos, requiere cantidades ingentes de materias primas (agua, pienso y energía). Además, como vivimos en un mundo globalizado, estas se suelen importar de otros lugares. Mucho del pienso que se usa (soja), proviene de grandes monocultivos en Sudamérica. Un 90% de la tala del bosque amazónico viene movida por la necesidad de alimentar a tanto ganado. Esa tala implica pérdida de biodiversidad, desplazamiento de poblaciones locales, consumo de combustibles para alimentar la maquinaria, consumo de combustibles para el transporte, degradación del suelo, etc. Como veis, las ramificaciones son muchas, y el consumo elevado de carne no es sostenible. El planeta no puede soportarlo. Me meteré en detalle con este punto en otro post.
Entonces, ¿una dieta omnívora es peor para el medio que una vegetariana/vegana? Pues no tiene porqué, y por eso hay que ver más allá de los argumentos superficiales. Me he llegado a encontrar artículos sensacionalistas con el titular: “Los vegetarianos matan a más animales que los carnívoros“. Y encima era de un señor bastante serio. Pero vamos a ver, que no se puede generalizar así! Es como decir que todos los chinos juegan con tamagochis. Pues no todos, habrá que mirar más a fondo. Profundicemos…
Voy a poner dos casos.
Caso 1: Juancho y Paca. Juancho lleva una dieta omnívora: tres días a la semana toma carne, y el resto mucha fruta y verdura. Todo de su huerto allá en México. Su carne es predominantemente pollo, ya que tiene 12 pollos corriendo libremente por el huerto, los cuales además de comerse algún que otro tomate, mantienen las plagas a raya, y fertilizan de forma excelente el suelo con sus cacas (el guano es muy buen fertilizante). Paca es vegana, porque le gusta mucho la idea de proteger el medio y está convencida de que esa es la opción más adecuada. Por tanto solo come frutas y verduras, pero le encanta lo exótico, y el 90% de lo que compra viene de Europa y de Asia, envuelto y re-envuelto en plástico. Además, Paca no tiene muchos cuzcoros, y no compra orgánico, sino lo mas de lo mas barato, que procede de monocultivos industriales en los cuales se emplea maquinaria, pesticidas, herbicidas y fertilizantes sintéticos.
Caso 2: Chemi y Josema. Chemi es un viciao de la carne, y le encanta salir al Kaprika de Avenida de Europa y al McDonalds. Come carne por lo menos una vez al día, y siempre que puede pide carne de Kanguro, o compra solomillo de Irlanda en el Mercadona, que es super barato, tiene mercadonina y está muy rico. Josemi, por otro lado, es vegetariano, y lleva una dieta basada en frutas, verduras y legumbres, mas algún lácteo de vez en cuando. Siempre compra en el mercado local, donde todos los productos provienen de la Comunidad de Madrid, y trata por todos los medios de que aquello que compra provenga de la agricultura ecológica. Al comprar en mercado, nada viene envuelto, y siempre utiliza sus propias bolsas de tela para cargar con los alimentos. Además, los restos vegetales que le quedan al final de cada semana se los vende a una empresa que se encarga de hacer abono orgánico, el cual luego suministra a los agricultores locales para cerrar el cíclo (esta empresa no existe, me la he inventado yo).
Muy bien, de los cuatro casos, ¿acaso es siempre el que no come carne ni pescado el más respetuoso con el medio? ¿Y lo contrario? No, ¿verdad???!
En el primer caso, Paca solo come vegetales, pero el consumo y la contaminacion que genera la agricultura industrial y el transporte de sus alimentos no los está teniendo en cuenta. Es cierto que una vaca requiere mas recursos para crecer que un campo de calabacines, porque la vaca necesita los recursos necesarios para crecer el pienso, mas los necesarios para que crezca ella, y los calabacines solo los recursos para que crezcan estos, ya que luego van directos a consumo humano (nos saltamos un eslabón, el animal intermediario). Pero dependiendo de las condiciones de producción, el impacto medioambiental puede variar muchísimo. Tanto, que la dieta de Paca es muchísimo peor que la de Juancho. En el caso 2 ocurre lo contrario: la dieta de Chemi es muchísimo peor que la de Josema porque no solo implica muchísima carne, sino que esta viene de ganadería intensiva (a ver si no porqué el Mercadona la vende tan barata), e importada.
Como vemos, hay muchos matices, y decir que los vegetarianos y veganos respetan mas el medio que los carne-lovers es, en resumidas cuentas, una muestra de un razonamiento superficial e incompleto. Muy común, pero incompleto.
Yo comería carne. No comería pescado porque no es autóctono de Madrid, y porque el mar esta muy mal y hay que darle espacio para que se recupere. Pero comería carne si se produjese bajo unas condiciones muy específicas. No lo hago porque aún no he encontrado un lugar que cumpla mis requisitos. Estos son los siguientes:
1. Producción local y autóctona. Que lo que me coma sea de un animal autóctono de la zona en la que estoy, y que haya crecido en la localidad.
2. Producción ecológica. Que el animal no haya sido tratado con antibióticos ni haya crecido con una dieta rica en químicos sintéticos.
3. Cría en libertad, y formando parte activa de un ecosistema floreciente. Este es uno de los criterios más importantes. Como decía al principio, todos tenemos un hueco en la cadena, y mantenernos en él puede contribuir positivamente a que el ecosistema en el que nos encontremos florezca. Todavía estoy a la espera de encontrar un lugar de producción de alimentos que, mas que una granja, funcione como una reserva natural, de la cual nosotros podamos retirar, de forma controlada y sin sufrimiento, un cupo calculado de animales y plantas para consumo humano. Y en agradecimiento, devolverle nuestra mierda (suena a coña, pero es que es así). Al hacerlo de este modo, aseguraríamos la prosperidad de ese ecosistema, de esa reserva natural. Ese es el objetivo; que a medida que crezca nuestra población, vayan creciendo las demás para que todos en conjunto podamos seguir prosperando. Hakuna matata. Eso se llama sostenibilidad.
Bueno, pues eso. Al final en este post no he metido mucho dato técnico, pero creo que he dado una idea bastante general de ciertos puntos importantes. A raiz de ellos, desarrollaré otros más en detalle. Y si teneis interés por algún tema en concreto dentro de la comida+sostenibilidad, comentadmelo y veo qué puedo hacer.
Todos tenemos un lazo muy íntimo con la comida, y aunque ya no veamos cómo se produce lo que comemos, modificar nuestros habitos alimenticios es una de las cosas que más impacto puede tener sobre el mundo que nos rodea. De modo que espero haberos influenciado positivamente de algún modo, haberos enseñado cosas nuevas, haber despertado vuestro interes en este tema, y con suerte, haberos hecho reir :). Abrazos desde Etampes (a 40 kilómetros de Madrid!)
Nota final: cuando alguien se pide carne, no se la acaba y se va a tirar… Me la como! Y no soy ni falso ni nada. Lo que no puede ser es que se tire comida. :p
Documentales (ver siempre con mirada crítica):
Food Inc. Sobre maltrato animal.
Cowspiracy. Sobre la industria de la carne.
Forks over Knives. Sobre vegetarianismos.
Fed Up. Sobre obesidad y dieta.
The sugar film. Sobre el azucar. Muy gracioso e informativo. Para los adictos a la CocaCola!
Libros:
Silent Spring. Sobre el impacto medioambiental del DDT y otros pesticidas/herbicidas.
The Omnivore’s Dilemma, In defense of Food, Cocinar: Una historia natural de la transformación, The botany of desire. De Michael Pollan. El tío escribe genial, es muy listo y sus charlas dan gusto. No os lo perdáis.
Eat like you give a fuck. Sobre cocinar. Porque dejarse de mierdas en latas y comida rápida, y empezar a cocinar de ingredientes de la huerta, es de lo mejor que podéis hacer, por vosotros y por el medio.
Charlas:
Future of Food: Eat like it matters. De Satish Kumar. Este tío me encanta. No se pueden decir las cosas de forma mas sencilla. Vedlo!